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25 de febrero / 18:30h.

MENDELSSOHN, Concierto para violín / BEETHOVEN, Sinfonía nº 4

David Grimal, violín y Director

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MENDELSSOHN, Concierto para violín / BEETHOVEN, Sinfonía nº 4 David Grimal, violín y Director

ORQUESTA SINFÓNICA DE LA REGIÓN DE MURCIA

FELIX MENDELSSOHN (1809 – 1847)

Concierto para violín y orquesta en Mi menor, Op.64         

1.- Allegro molto appassionato 

2.- Andante 

3.- Allegro non troppo-Allegro molto vivace

Felix Mendelssohn

El Segundo concierto para violín y orquesta en Mi menor, Op. 64 de Félix Mendelssohn es un ejemplo de su grandeza creativa en cuanto al equilibrio alcanzado por el músico de Hamburgo entre las exigencias del clasicismo y las libertades formales del romanticismo. Fue compuesto entre 1838 y 1844 con la colaboración y asesoramiento técnico de su paisano y amigo de confianza el violinista Ferdinand David, su dedicatario, quien lo presentó el 13 marzo de 1845 en Leipzig con la famosa Orquesta de la Gewandhaus, de la que este intérprete era concertino, bajo la batuta del director danés Niels Gade, asistente de dirección de Mendelssohn que se encontraba enfermo en esas fechas, motivo por el que el compositor no pudo intervenir en el estreno.

Esta composición es una de las obras concertantes más elaboradas e influyentes del periodo romántico, teniendo las particularidades relevantes de la entrada directa del violín y los enlaces en attacca de sus movimientos, que se suceden a lo largo de la composición sin solución de continuidad. Aunque no fue el primer compositor que introdujese el solista al inicio de un concierto, tuvo la feliz idea de dejar que el violinista y la orquesta exploraran conjuntamente la exposición, abandonando la tradicional doble exposición. Este planteamiento fue practicado por muchos músicos del siglo XIX si exceptuamos a Brahms y Dvorak.

Haciendo una pequeña alusión a sus tres movimientos, hay que indicar que el primero es un allegro bitemático con desarrollo libre, una cadencia del solista antes de la reexposición y una poderosa coda que termina con una nota tenida del fagot que hace de enlace con el Andante. Éste es cantado como si fuera un lied de carácter sentimental, sobre unas fluctuaciones dinámicas del instrumento solista previo a un recitado que conecta con el tiempo final, que es una especie de rondó en doble allegro con un tema principal enérgico semejante a una danza de vigorosos ritmos, que obliga al violinista a un virtuosismo de excelsa factura en tono y técnica junto a una especial habilidad para llegar a la sensibilidad del oyente, sin que la elevada velocidad de ejecución sea un inconveniente para la claridad de fraseo que requiere su exposición. A su vez, estas exigencias han de manifestarse siempre en compensación expresiva con una dirección orquestal de primer nivel que ha de cuidar esa imprescindible función de equilibrar tensiones y sostener un definido diálogo entre ambos elementos concertantes.

Esta obra, escrita para una plantilla instrumental integrada por instrumentos de viento-madera a dos, dos trompas, dos trompetas, timbales y completa sección de cuerda, forma parte de esa tétrada sublime de conciertos alemanes para violín junto a los de Beethoven, Brahms y el primero de Bruch, teniendo un gran eco desde su composición hasta nuestro días. Prestigiosos violinistas como Joseph Joachim, Fritz Kreisler, Nathan Milstein o Yehudi Menuhin fueron grandes intérpretes de este concierto, elevándolo a la singular referencia que se merece como obra maestra de este particular repertorio concertante.

LUDWIG van BEETHOVEN (1770 – 1827)

Cuarta Sinfonía en Si bemol mayor, Op. 60

1.- Adagio-Allegro vivace

2.- Adagio

3.- Allegro vivace

4.- Allegro ma non troppo

Beethoven había empezado ya a trabajar en su famosa Quinta Sinfonía, Op. 67 cuando, interrumpiendo su factura, inició la composición de la Cuarta Sinfonía, Op. 60 en 1806, después de que se la encargara el conde Franz von Oppersdorff, si ello fuera posible, siguiendo el estilo de la Segunda, obra por la que este noble silesio sentía una gran admiración. Aprovechando la oportunidad de obtener los trescientos cincuenta florines ofrecidos por su composición, el músico se centró en este cometido con una aparente facilidad en su orientación e intención estéticas. La mayor parte de la sinfonía fue escrita en el castillo que el príncipe Carl Alois Lichnowsky, amigo y mentor del compositor, tenía de Grätz, cerca de la localidad moravo-silesia de Opava de la actual República de Chequia. El conde Oppersdorff, a la postre dedicatario de esta sinfonía, era amigo del príncipe, coincidiendo con el compositor durante el retiro veraniego de éste el año 1806 en dicha localidad, donde tenía también residencia. Su estreno en audición privada tuvo lugar en el palacio vienés del príncipe Lokbowkitz el mes de marzo de 1807, bajo la dirección del propio Beethoven, siendo su presentación pública el 15 de noviembre del mismo año en el Hofftheater de la capital austriaca. 

Con una excelente y muy equilibrada orquestación integrada por flauta, el resto de instrumentos de madera a dos, dos trompas, dos trompetas, timbales y completa sección de cuerda, se inicia con un precioso adagio cuya música parece dirigirse a un destino que se percibe con escasa definición. Como si de una síntesis de la obra se tratara, esta introducción, la más extensa de toda la producción sinfónica de Beethoven, precede a una serie de breves fragmentos de escalas ascendentes y restallantes secos acordes a modo de trallazos que llevan al Allegro vivace principal. En su tema fundamental se alternan unas rápidas notas aisladas de la cuerda junto a un suave ligado de los instrumentos de madera. Es como la aparición de la luz del amanecer después de una noche cerrada. Como contraste, se sucede un segundo grupo de motivos y pequeñas alegres entonaciones ingeniosamente relacionadas entre sí por parte de los instrumentos de viento. En su sección central, surgen numerosas y sutiles evoluciones de las que la más interesante es la que conduce al estribillo. Los violines planean inquietos sobre dos notas en cuatro compases antes de que un sonido ascendente lleve a una respuesta de los timbales. Este proceso se repite hasta la recapitulación, que culmina en una coda que deja abierta la consecución del siguiente movimiento.

Éste arranca con una relevante figura rítmica en la que los violines despliegan una melodía muy expresiva que más tarde será profusamente adornada. Tras la aparición de un segundo tema a cargo del clarinete seguidamente secundado por toda la sección de viento-madera, los contrabajos nos recuerdan el motivo rítmico inicial que viene a dominar el desarrollo de esta parte de la obra, conduciendo a un sorprendente descenso en el que cada nota queda acentuada intensamente por la explosiva presencia de los timbales. De tal tensión sonora surge una sinuosa frase de los violines que ha llevado a decir al músico y tratadista británico Sir Donald Francis Tovey que «es uno de los pasajes más imaginativos de todas las obras de Beethoven». Seguidamente un solo de fagot evoca el ritmo inicial, pudiéndose elucubrar sobre la posibilidad de que Beethoven hubiera elegido el sonido de la trompa de haber tenido este instrumento más posibilidades expresivas en aquella época. El Adagio termina proporcionando en la recapitulación y subsiguiente coda sones románticos de singular belleza. 

Beethoven

Los dos últimos movimientos de la sinfonía están esencialmente caracterizados por su ritmo que se manifiesta a través de continuas sorpresas que, de alguna manera, rompen el lineal y suave discurrir de la obra. El tercero, Allegro vivace, es un acelerado minueto donde se alternan intensos acordes con momentos orquestales al unísono. Está enriquecido por un suavísimo trío, Un poco meno allegro, en el que la sección de madera y las trompas se expresan con un sentido bucólico de suma elegancia, antes de su repetición más movida por los fagotes y los registros de la cuerda media. La vuelta al tempo primo desencadena su conclusión determinada con un fortísimo acorde final que deja patente el impulsivo aire scherzante de este movimiento.

El Allegro ma non troppo que cierra la sinfonía es todo un estudio de moto perpetuo o perpetuum mobile de indolente ligereza, sustentado en melodías populares y ritmos danzantes desarrollados con una gran maestría orquestal siguiendo el esquema de la forma sonata. Una coda de grandes dimensiones, en la que vuelve a aparecer el misterioso zumbido de los bajos antes de un fortissimo de toda la orquesta, arrastrará en medio de una constante vivacidad a una escala conclusiva llena de fuerza y alegría.

La frescura y espontaneidad de los temas de la Cuarta Sinfonía, la falta de motivos trágicos y la perfección de su estructura desencadenaron el entusiasmo en músicos tan relevantes como Robert Schumann que la comparó con «una esbelta joven griega, de pie entre dos gigantes de Occidente», la Tercera y la Quinta, en tanto que Félix Mendelssohn la eligió para su primer concierto como director titular la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Como idea general es clarificadora a la vez que concisa la valoración del crítico musical veneciano Sandro Cappelletto cuando valora la Op. 60 de Beethoven como «una sinfonía alegre, lejana de la tristeza de la marcha fúnebre de la Heroica; una obra afirmativa y luminosa y, tal vez por esto, sin otras referencias y similitudes con el conjunto de la producción sinfónica beethoveniana».

                                                                                 JOSÉ ANTONIO CANTÓN

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